Una palabra de una amiga nos puede llevar a mirar el mar.
Nos puede dar las alas suficientes como para animarnos a cruzar la arena, a contemplar como rompe una ola blanca de espuma en la noche negra, a sostener la vista en las estrellas y creer que ese es el mejor día del año, y creer que ese es el único día… que ahí empieza una nueva vida, un nuevo paraíso… frente al mar que una eligió para vivir, cueste lo que cueste y al que quiere celeste…
La palabra de la amiga nos viene a recordar que este es nuestro sueño y que estamos paraditas acá, en este mismo momento y en este mismo lugar, simplemente para cumplirlo, para cumplir el sueño.
A veces una no necesita tanto, con una palabreja de ánimo una recuerda, así, de golpe, que tiene patitas para andar por la vida y que las puede usar.
-”Sacale unas fotos-” me dijo… y salí sin la cámara de fotos así que le saqué unas instantáneas con el alma, grabadas a fuego en la conciencia y la mente para por si las dudas se me olvida otra vez para que carajo estoy haciendo acá…. en mi sueño.
Y entonces una sonríe y no le importa el frío del invierno, ni el dolor del que se fue. Entonces una se enfunda en sus doble guantes y agarra la bici como si tal cosa y se arrima al mar, para verlo, para olerlo, para poder contarle a esa amiga que no tiene fotos, pero que el almita sí… y que un día, un día cualquiera y a cualquier hora, va a volver al mar, esta vez armada de la cámara de fotos, y le va a sacar algunas del lugar en donde vive para mandárselas pero que nada, ni nunca, ni siquiera así, esas fotos de otro día pueden imitar a las del almita, a las que la amiga de una le hizo sacar con los ojos, la nariz, la mente, y la sorpresa de encontrar un mar tan azul al final de la rambla.









